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Diez años sin Tete

Autor del texto: A. CASTILLEJO/ Publicado en Granada Hoy

“Aparte de con whisky, un pianista se emborracha de piano”, decía Vicenç Montoliu i Massana, Tete Montoliu, considerado el mejor pianista de jazz español. Había nacido ciego el 28 de marzo de 1933, en el seno de una familia barcelonesa que amaba profundamente la música y la eligió como vehículo para sublimar la discapacidad de su hijo.

Tanto su padre, músico de la Banda Municipal de Barcelona y de la Gran Orquesta del Liceo, como su madre, gran aficionada al jazz, pusieron especial entusiasmo en la educación musical de un niño que ya a los cuatro años era capaz de tocar el piano y que posteriormente ingresó en el Conservatorio Superior de Música de Barcelona.

Tete se inició en el mundo del jazz atraído por el trabajo de otro pianista ciego, un legendario icono del género, Art Tatum. “Hoy por hoy, Tatum es el que mejor toca el piano en todo el mundo”, declaró el músico catalán en 1982. Cuando el entrevistador le hizo notar que el estadounidense había fallecido hacía más de 25 años, Tete replicó: “Eso he oído, pero qué quiere, para mí sigue siendo el que mejor toca el piano”.

Cuando Tete comenzó a tocar, y se le comenzó a conocer (como Montoliu Junior), parecía imposible que alguien pudiese salir adelante con el jazz en un país en el que este tipo de música era casi absolutamente desconocida, cuando no abiertamente prohibida, y cuyos únicos seguidores eran un puñado de militares destinados en las bases que Estados Unidos mantenía en la España franquista, los que entonces se conocían en el paupérrimo ambiente jazzístico como los torrejoneros.

Sin embargo, el pianista consiguió que su música trascendiese las fronteras españolas y alcanzase éxito y nivel internacional. Fue Lionel Hampton, otra leyenda del jazz, quien escuchó a Montoliu tocar una noche en un bar barcelonés y quedó tan impresionado por su música que le pidió que se sumase a su grupo en la serie de conciertos que el genial vibrafonista estaba ofreciendo por varios países europeos. Ésa fue la oportunidad que Tete necesitaba y no la desaprovechó.

Sencillamente, tocó. Y el público supo descubrir rápidamente a un artista inconmensurable. Pero no sólo fue el público, sino también el resto de la comunidad jazzística mundial la que se rindió a su talento y, así, Tete Montoliu compartió escenario con muchos de los grandes monstruos sagrados de la época, desde los saxofonistas John Coltrane, Dexter Gordon, Ben Webster, Don Byass, Stan Getz y Paquito D”Rivera, hasta el trompetista Chet Baker, el contrabajista Niels O. Pedersen y los baterías Elvin Jones y Billy Higgins, pasando por el inolvidable violinista Stephane Grappelli y Chick Corea.

Tras sus históricos conciertos de finales de los años 50 en Nueva York, fue unánimemente reconocido como el mejor pianista europeo de jazz y, además de sus actuaciones en directo, realizó una serie de memorables grabaciones -muchas de ellas en compañía de su clásico trío junto al cotrabajista Horacio Fumero y el batería Peer Wyboris- que hoy continúan dando testimonio del irrepetible genio del pianista catalán.

Discos como Body and Soul (1971), Tete a Tete (1976), The Music I Like To Play (1986), The Man From Barcelona (1990) y Testimo tant (1995), son algunas de las más de sesenta espléndidas grabaciones que componen la discografía de éste hito fundamental del jazz nacional.

Montoliu falleció a los 64 años, en su amada Barcelona, el 24 de agosto de 1997, por culpa de un cáncer pulmonar. Tras su muerte, las muestras de dolor y los homenajes se sucedieron vertiginosamente, pero de entre ellos tal vez merece la pena rescatar dos que supieron expresar con especial lucidez lo que el pianista catalán representaba.

El ya también tristemente desaparecido Manuel Vázquez Montalbán escribió: “Tete estaba fatalmente llamado a ser algo más que un músico, y así fue un símbolo del mejor cosmopolitismo cultural de una Barcelona que a través de Jamboree convirtió el jazz en la música de fondo de los desconciertos etílicos de todas las gauches que se han hecho y se han deshecho”.

Por su parte, Antonio Muñoz Molina, tras recordar cómo “se ponía en pie con cierta torpeza al terminar la última canción, giraba en dirección al público sin dejar de apoyarse en el piano y hacía algunas inclinaciones rígidas y sumarias, tan rígidas y tan separadas entre sí como sus extrañas sonrisas de hombre ciego, en las que no participaban otros músculos que los de la boca”, concluía que “si él congregaba en torno al piano las almas de Thelonious Monk, de Bud Powell, de Bill Evans, a nosotros nos queda el espiritismo de invocar los discos de Tete Montoliu”.

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Archivado en: Música

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